Como en todas las encrucijadas de la historia, nuestro país, nuestra gran nación llamada España, tiene ahora su gran oportunidad histórica para emprender el camino de recuperación de su propia autoestima y reforzar su posicionamiento en línea con las democracias occidentales más avanzadas de su entorno. De las grandes crisis salen siempre los mejores renacimientos. Y la ACCIÓN emprendida en la etapa ZP-ETA-ERC-IU-RADICALISMOS DE TODO TIPO-NACIONALISMOS SEPARATISTAS, ha econtrado en la sociedad española una REACCIÓN de hartazgo que, canalizada adecuadamente debería servir para zanjar la asignatura pendiente en la España democrática: La normalización del funcionamiento institucional, la recuperación de los valores básicos de la convivencia y la finalización definitiva de los ataques disgregadores y anticonstitucionales.
España ha vivido inmersa demasiados años en la legitimidad de la corrupción impuesta por el felipismo desde 1982, poco tiempo después de la muerte de Franco, que ha convertido en asumible y cotidiano la tolerancia con el clientelismo y el amiguismo. Como resultado, todo vale, desde que en los primeros escalones de la Administración un concejal tenga la potestad de interferir en miles de millones según trace las rayas uno u otro lado, desde que un consejero pueda repartir arbitrairamente subvenciones o prebendas o licencias administrativas a los medios más afines. Este ha sido el caldo de cultivo de lo que estamos viviendo ahora junto a la liquidación de Montesquiè (Alfonso Guerra: "Montesquiè ha muerto", 1985) con la ley de ordenación del poder judicial.
La esperanza viene de manos de la sociedad, de los ciudadanos, hartos del ataque permanente. Para terminar con ello es suficiente que el ciento por ciento de los votantes del PP y 85% de los votantes socialistas, que representan más de 80% de la sociedad española se unan en un gobierno nacional y dejen muy claras cuáles son los límites y las reglas del juego. Hasta aquí hemos llegado. Esto, lógicamente, no puede llevarse a cabo con Zapatero. De ahí la importancia suprema de su derrota que propiciaría el cambio en el PSOE, junto a los nuevos socialistas de Rosa Diez. Con todos ellos y un PP dispuesto a formar un gobierno de coalición nacional, España habría superado uno de sus momentos históricos más delicados. Sin duda el que más desde la dictadura, una encrucijada letal que podría servir de reacción ilusionante si este mensaje de unidad en torno a los puntos básicos de toda nación que se precie de serlo llega con nitidez a la sociedad española.