Ernesto Guevara, el Che, ha formado y sigue formando parte del imaginario colectivo. Para mi generación, su imagen prometeica en la foto de Korda y la de Cristo yacente en la camilla fue un fogonazo que incendió nuestras cabezas prestas a dejarse llevar por ensoñaciones revolucionarias que harían cambiar el mundo de base como decía la letra de La Internacional. No deja de ser curioso que, reclamándonos del materialismo histórico y del socialismo científico, nuestros referentes tenían no poco de mitología, abundante subjetivismo y propensión a acabar recreando aquello que detestábamos:el totalitarismo que el fantoche sanguinario de Franco representaba con su inevitable secuela de arbitrariedad, represión y privilegios del poder y sus paniaguados.
La lectura de "Rebelión en la Granja" de George Orwell sigue siendo imprescindible y más interesante que el Diario del Che que no es más que mala literatura de un idealista, que sin duda lo era, con pulsión suicida, que sin duda la tenía y lo demostró en su delirante propósito de crear un foco guerrillero en Bolivia inviable por completo renunciando a los privilegios de la burocracia castrista y de paso a su familia de la que formaban parte unos niños a los que su padre abandonó, algo que, define, para mal, al personaje porque no hay nada más importante que un hijo. Paradójicamente, ha sido bajo los regímenes comunistas que la clase obrera ha sufrido peores circunstancias de vida en todos los órdenes, privada de libertad política y sindical, y en condiciones materiales penosas. Cuba, Birmania o Corea del Norte son testimonio actual e inequívoco de lo que de verdad significa el comunismo. De China no resulta pertinente hablar al respecto, dado que no existe comunismo – aunque sí Partido Comunista- hace mucho tiempo sino lo que mi amigo Mark Aguirre calificó en un libro interesantísimo como "capitalismo rojo",
El comunismo y , por tanto, lo que encarnaba y encarna la figura del Che, no pasa de ser una de las muchas versiones del mesianismo salvífico y el despotismo totalitario impostados de pretendida racionalidad e igualitarismo. Las utopias colectivistas han desembocado siempre en tragedias colectivas y cuando se ha pretendido basar una sociedad en derechos colectivos se ha desembocado en colectividades sin derechos. Raymond Aron afirmó, con certera e incisiva claridad, que el comunismo no era otra cosa que la resurrección de l´Ancien Régime con la burocracia del partido como aristocracia absolutista, el Stalin de turno como Rey Sol y el resto de la sociedad y en especial la clase obrera como súbditos y en algunos casos incluso meros siervos de la gleba.
En puridad, el marxismo no es otra cosa que metafísica materialista y una religión sin Dios – aunque no con la bondad del budismo que tanto me seduce-en la que la Clase Obrera es el Pueblo Elegido, la conciencia de clase – con perdón de de Georg Lukács y su bizantinismo de la clase en sí y para sí- es la gracia santificante, la Revolución es el Paraíso en la tierra, el Partido vanguardia de clase es la Iglesia verdadera fuera de la cual no hay salvación y dentro del cual es mejor equivocarse que acertar estando fuera que es algo propio de cabezas de chorlito como llamaba la estalinista Pasionaria a Semprún y Claudín, que eran hombres de izquierda pero con espíritu libre e intelectualmente de sólida formación y acabaron en la socialdemocracia que es el espacio ideológico natural de quienes pretendemos conjugar socialismo y libertad.
Respetando al ser humano, porque es innegable que era honesto y valiente, hay que rechazar el mito que se ha creado alrededor de su figura. Un mito que, por lo demás, igual sirve para un roto que para un descosido pues se puede encontrar su imagen canónica – y canonizada por algunos- en cadenas comerciales de lujo o en míseros barrios tercermundistas. Qué quieren que les diga, yo prefiero a Olof Palme, que tiene en una calle de Estocolmo donde fue asesinado a la salida del cine acompañado de su mujer una modesta y discreta placa en el suelo y que proporcionó a la sociedad bienestar y libertad reales y no sueños de redención ineluctablemente abocados a tocar tierra en forma de terror y miseria.