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· Por José Luis Castro Polo En medio del remolino caliginoso de banalidad y epifanía del dinero fácil que son el santo y seña de las sociedades occidentales, y en especial la española, en la que personajillos de tercera división ocupan páginas y pantallas soltando majaderías y obscenidades sin parar, la muerte de Ingmar Bergman nos devuelve a un tiempo pretérito en el que los cines de Arte y Ensayo y los cine clubes universitarios, con un libro de Marcuse – tal vez El hombre unidimensional- y otro de Neruda –quizás Veinte Poemas de amor y una canción desesperada-, en cada bolsillo de la trenka, nos abrían de la mano del director sueco un universo conceptual y sentimental que iba, no sólo más lejos del laconismo militar de nuestro estilo y con flores a María propios de la dictadura de Franco nacional-catolicista, sino también del lenguaje de madera de la visión canónica marxista de la infraestructura y la superestructura y de la historia como un proceso sin sujeto ni fines de Althusser, con la violencia como partera de la historia de Marx y con la ineluctable perspectiva del salto del reino de la necesidad al de la libertad como un “fátum” inexorable en el que el proletariado, como sal de la tierra, al emanciparse a sí mismo emanciparía a la humanidad entera.
Bergman desplegaba, con su prodigioso talento, el drama del ser humano ante sí mismo, la incertidumbre de la existencia, la inquietante sospecha de que, tal vez, la vida sea una pasión inútil sartriana porque, al final, en la batalla entre el ser y la nada siempre vence esta última, porque Caronte aguarda en la laguna Estigia, como titulaba uno de sus libros mi siempre admirado Fernando Savater y ,a menudo, incluso nos instalamos en la nada cotidiana, titulo de una de las novelas de Zoé Valdés, exiliada de la dictadura comunista del Tirano Banderas caribeño Fidel Castro, “paraíso de la clase obrera” que sobrevive con siete dólares al mes de salario.
Si, en definitiva, siguiendo a Heidegger – cuya obra Ser y Tiempo es fuente de infinita sabiduría - somos seres-para-la –muerte no es extraño que El manantial de la doncella esté transido de un “pathos” decadente, diletante y esteticista y un “ethos” relativista y más bien negativo cuando no trágico y cruel sobre la condición humana, titulo de sendos libros de Hannah Arendt y André Malraux. La presencia constante de la mujer como enigma, a la manera de Freud, en la filmografía del director sueco enlaza con el sueño del amor como imaginaria redención de las asperezas de lo cotidiano, - la destrucción o el amor decía nuestro poeta Aleixandre -del malestar de la cultura, -de nuevo Freud aparece en escena- y que casi siempre acaba siendo el vuelo de Ícaro. La visión de Fanny y Alexander nos sumerge en una turbia belleza, desasosegante pero seductora como la mirada de la serpiente. En puridad, como todos los creadores fue un encantador de serpientes que al final muerden, porque aunque el cine es una fábrica de sueños la realidad siempre nos despierta. En todo caso, el cine de Bergman, aunque no eterno, porque tuvo principio, será eviterno, porque no tendrá final mientras los grandes dilemas de la existencia humana que él planteaba sigan sobre el tapete en el que la vida reparte sus cartas, que no siempre son buenas y no siempre caen boca arriba. Pero también es cierto que, como señaló John Berger, “es en el lugar de la pérdida en donde nacen las esperanzas”. |