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domingo, 05 de agosto de 2007 |
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· Por José Luis Castro Polo En medio del remolino caliginoso de banalidad y epifanía del dinero fácil que son el santo y seña de las sociedades occidentales, y en especial la española, en la que personajillos de tercera división ocupan páginas y pantallas soltando majaderías y obscenidades sin parar, la muerte de Ingmar Bergman nos devuelve a un tiempo pretérito en el que los cines de Arte y Ensayo y los cine clubes universitarios, con un libro de Marcuse – tal vez El hombre unidimensional- y otro de Neruda –quizás Veinte Poemas de amor y una canción desesperada-, en cada bolsillo de la trenka, nos abrían de la mano del director sueco un universo conceptual y sentimental que iba, no sólo más lejos del laconismo militar de nuestro estilo y con flores a María propios de la dictadura de Franco nacional-catolicista, sino también del lenguaje de madera de la visión canónica marxista de la infraestructura y la superestructura y de la historia como un proceso sin sujeto ni fines de Althusser, con la violencia como partera de la historia de Marx y con la ineluctable perspectiva del salto del reino de la necesidad al de la libertad como un “fátum” inexorable en el que el proletariado, como sal de la tierra, al emanciparse a sí mismo emanciparía a la humanidad entera. |
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